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El autor siempre busca fulminar al lector. Es así que se convierte en presa, en la víctima de una persona que no hace más que expresar, compartir y aniquilar.
Mi vida ha estado ligada a los sueños por una u otra razón. Desde chico, mi madre me contaba que cuando estaba embarazada de mí, me soñaba. Después, cuando ya no era más una fantasía, le quitaba el sueño por las noches. Desde los primeros años de edad me leía cuentos donde el sueño y la realidad se confundían, y me preguntaba al final: ¿qué crees que pasó?. Un mañana salí de casa y me sorprendí al ver que el primer hombre que cruzaba ante mí, no tenía brazos. La sorpresa fue porque la noche anterior había soñado con una persona similar. El primer libro que compré fue acerca de las interpretaciones de los sueños, y fue cuando salió al mercado la canción Anoche soñé contigo y se convirtió en mi favorita. Por aquellos años, una noche soñé una frase que después se convirtió en mi primer texto publicado: Tengo miedo de que una noche cualquiera me convierta en poema o poesía. Recuerdo que desperté, repetí la frase y la escribí en el cuaderno que descansaba a mi lado. Al año siguiente, ingresé a la facultad de Psicología porque me sentía ligado al Psicoanálisis. Desde entonces, en el lapso de cerrar los ojos y dormirme, imagino los finales de mis textos, enrredo más las historias e intento hablar con mis personajes. Así eran todas las noches, hasta ayer, cuando desperté en la madrugada con la última imagen que había soñado, y casi en seguida dije: memoria, huella infinita de lo vivido, paraje de nuestras acciones. Apenas lo mencioné, lo escribí. Aún es muy temprano para saber su significado.
Ana fue quien lo vio. Advirtió que venía un tipo extraño hacia nosotros y todos callamos para escuchar lo que diría. El mago, sin presentarse, nos habló del destino, diciendo que todo estaba marcado, y que para demostrarlo, adivinaría el número que yo pensara del 1 al 100. Imaginé el 18, después el 37, el 52, 65 y por último el 79. Escribió sobre un papel, lo dobló y lo llevó al bolsillo de la camisa de mi amigo. Pidió que dijera el número: 79, respondí. Mi amigo desdobló el papel y nos enseñó el 79 escrito. Ana me miró exaltada, y apretó mi mano.
(No te espantes si tu hijo tiene la misma duda)
Después de ocho días consecutivos de publicar un texto diario en el blog, he pasado cinco días sin escribir. Aunque suene malo, no lo es. Curiosamente es la misma cantidad de días de haber visto un documental sobre los Agujeros Negros y de haberme interesado por el tema.
En busca de Klingsor, de Jorge Volpi, es una novela que habla, entre otras cosas, del papel de la ciencia en una época que dejó huella en la historia: la segunda guerra mundial. Éste es el primer ejemplo que recuerdo al preguntarme por qué la ciencia no es un conocimiento común entre la población.
Hace unos momento empecé el viaje de blog a blog que hago cada mes. En ocasiones me he topado con varias sorpresas, pero por lo general leo lo mismo en cada página que visito. Muchos espacios me desalientan fácilmente, y termino por decidir el enlace que parezca más atractivo y acceder y arriesgarme a que me vuelva a aburrir. He pasado noches enteras buscando un espacio atractivo sin tener buenos resultados. Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/